El piso me madera rechinaba ligeramente con cada movimiento que hacía en la cama, estaba relajado, su cuerpo, pero su mente estaba intranquila.
Había solucionado el problema que tanto lo agobiaba, pero aún así estaba inquieto, como si su presencia… como si él le estuviera respirando en la nuca. Se dijo a si mismo que debía calmarse, salió de su cama y se dirigió a una de las esquinas de la habitación, a un mueble de madera, finamente tallado. Sus puertas con delgados vidrios dejaban ver la diversa cristalería de su interior, tomó un vaso y abrió las puertas inferiores del mueble, mostraban tallados de una parra y unas delicadas uvas. Retiró una botella con un contenido color ámbar, se sirvió la espirituosa bebida y tomó asiento en un sillón cercano. Perdió su mirada en el suave fuego que iluminaba intermitentemente su cuarto.
Era algo fácil de comprender, se había desecho del problema, punto final, él no existía más, ya no había nada que le molestara.
-¡Muerto!, Esta muerto, enterrado en lo mas profundo de mis tierras, ¡no hay manera de que regrese del infierno que se merece! –Sus gritos hacían temblar los cristales de las ventanas. –Él se lo merecía, lo único que merecía de mi parte, lo único que se ganó, su propia muerte. –Dio un largo trago y respiro profundo, una y otra vez.
Respiraba como bebía, poco, a una frecuencia elevada, azotado por temblores. El miedo iba enfriando poco a poco su cuerpo, los temblores se hacían insostenibles.
-Te ves mal Elroy, te dije que dejaras el alcohol. –Los ojos de Elroy se abrieron de par en par y sus pupilas se dilataron al máximo.
-Imposible, Vade Retro Satana, ¡esto no puede ser verdad!
-Claro que lo es, sabes que no puedes matarme.
El compañero del señor Elroy, Morgan, “el negro”, como solían decirle, salía de entre las llamas del hogar quitándose la tierra de los hombros.
Elroy le arrojo el vaso, solo para ver como este atravesaba su cuerpo y sin más “el negro” avanzaba lentamente hacia él. Al vaso lo siguió la botella entera, los cuales impactaron contra la estufa a leña desatando un mar de llamas etílicas que reptaban por el suelo a medida que Elroy se alejaba de la fantasmal imagen de su compañero.
Chocó contra su mesita de noche, rápidamente abrió el cajón y tomó su viejo revolver. Estaba descargado como siempre, había balas en el cajón, estaba poniéndolas una a una en el tambor de su arma, con manos temblorosas, con el sudor frío recorriendo su nuca.
Morgan se acercaba cada vez mas, desnudo, así como lo habían enterrado. Sus contornos eran iluminados por la voraz luz del fuego, cada vez sus cuerpos estaban más cerca, con aquella fantasmagoría lentitud, sus caras estuvieron solo a un palmo de distancia.
El amplio rostro de Morgan, curtido por toda su juventud de trabajos en el campo, con su expresión totalmente muerta, sus ojos en blanco carentes de vida, ojos que juzgaban, su gran nariz con las fosas dilatándose con cada exhalación del congelante aliento de los muertos, sus labios carnosos, susurrantes, acusadores. Se iluminaba y apagaba al salvaje ritmo de las llamas que devoraban el lugar.
Elroy sabía que solo había una forma de deshacerse de Morgan de una vez por todas.
De las ocho balas que cargó en su revolver, solo se escucho el disparo de una aquella tarde de diciembre, interrumpiendo momentáneamente las actividades veraniegas de los citadinos.
Las llamas consumían la imponente mansión llevando sus cenizas en el viento.
Cenizas que caerían sobre toda la ciudad, cubriéndolo todo, con una fina capa gris.
Cenizas que despertarían en un pequeño la sorpresa.
La sorpresa de encontrar nieve de verano.