jueves, 26 de agosto de 2010

Nieve de verano

Se dejo caer sobre el colchón, de espaldas, viendo como la delgada capa de polvo diaria se desprendía de las cortinas que guarecían a su cama en el interior. El terciopelo de estas, tan delicado, de un verde intenso se mecía con suavidad, reflejando las pálidas luces amarillentas de las velas que iluminaban la habitación.

El piso me madera rechinaba ligeramente con cada movimiento que hacía en la cama, estaba relajado, su cuerpo, pero su mente estaba intranquila.

Había solucionado el problema que tanto lo agobiaba, pero aún así estaba inquieto, como si su presencia… como si él le estuviera respirando en la nuca. Se dijo a si mismo que debía calmarse, salió de su cama y se dirigió a una de las esquinas de la habitación, a un mueble de madera, finamente tallado. Sus puertas con delgados vidrios dejaban ver la diversa cristalería de su interior, tomó un vaso y abrió las puertas inferiores del mueble, mostraban tallados de una parra y unas delicadas uvas. Retiró una botella con un contenido color ámbar, se sirvió la espirituosa bebida y tomó asiento en un sillón cercano. Perdió su mirada en el suave fuego que iluminaba intermitentemente su cuarto.

Era algo fácil de comprender, se había desecho del problema, punto final, él no existía más, ya no había nada que le molestara.

-¡Muerto!, Esta muerto, enterrado en lo mas profundo de mis tierras, ¡no hay manera de que regrese del infierno que se merece! –Sus gritos hacían temblar los cristales de las ventanas. –Él se lo merecía, lo único que merecía de mi parte, lo único que se ganó, su propia muerte. –Dio un largo trago y respiro profundo, una y otra vez.

Respiraba como bebía, poco, a una frecuencia elevada, azotado por temblores. El miedo iba enfriando poco a poco su cuerpo, los temblores se hacían insostenibles.

-Te ves mal Elroy, te dije que dejaras el alcohol. –Los ojos de Elroy se abrieron de par en par y sus pupilas se dilataron al máximo.

-Imposible, Vade Retro Satana, ¡esto no puede ser verdad!

-Claro que lo es, sabes que no puedes matarme.

El compañero del señor Elroy, Morgan, “el negro”, como solían decirle, salía de entre las llamas del hogar quitándose la tierra de los hombros.

Elroy le arrojo el vaso, solo para ver como este atravesaba su cuerpo y sin más “el negro” avanzaba lentamente hacia él. Al vaso lo siguió la botella entera, los cuales impactaron contra la estufa a leña desatando un mar de llamas etílicas que reptaban por el suelo a medida que Elroy se alejaba de la fantasmal imagen de su compañero.

Chocó contra su mesita de noche, rápidamente abrió el cajón y tomó su viejo revolver. Estaba descargado como siempre, había balas en el cajón, estaba poniéndolas una a una en el tambor de su arma, con manos temblorosas, con el sudor frío recorriendo su nuca.

Morgan se acercaba cada vez mas, desnudo, así como lo habían enterrado. Sus contornos eran iluminados por la voraz luz del fuego, cada vez sus cuerpos estaban más cerca, con aquella fantasmagoría lentitud, sus caras estuvieron solo a un palmo de distancia.

El amplio rostro de Morgan, curtido por toda su juventud de trabajos en el campo, con su expresión totalmente muerta, sus ojos en blanco carentes de vida, ojos que juzgaban, su gran nariz con las fosas dilatándose con cada exhalación del congelante aliento de los muertos, sus labios carnosos, susurrantes, acusadores. Se iluminaba y apagaba al salvaje ritmo de las llamas que devoraban el lugar.

Elroy sabía que solo había una forma de deshacerse de Morgan de una vez por todas.

De las ocho balas que cargó en su revolver, solo se escucho el disparo de una aquella tarde de diciembre, interrumpiendo momentáneamente las actividades veraniegas de los citadinos.

Las llamas consumían la imponente mansión llevando sus cenizas en el viento.

Cenizas que caerían sobre toda la ciudad, cubriéndolo todo, con una fina capa gris.

Cenizas que despertarían en un pequeño la sorpresa.

La sorpresa de encontrar nieve de verano.

miércoles, 11 de agosto de 2010

Los colosos grises

Es un principio de un trabajo que hicimos en taller.

Habia que crear un diálogo entre los tres (Marta, Monica y yo), después a mi me toco "enmarcar" ese dialogo.


Gris, ¿qué otra forma de describirlo?.

Gris, denso, cargado de los vapores del constante flujo de automóviles. Bueno, cuando estos se movían, y los pequeños hombrecillos y mujercillas no hacían de sus bocas una explosión del vocabulario tan fluido que se maneja en el centro de la ciudad, donde un neumático pinchado transforma un seis de noviembre en un nuevo día de las madres, y todos animados por la euforia no dudan en hablar sobre la de los demás.

Los colosos de cemento se irguen en los ríos de asfalto, y aquellos hombrecillos y mujercillas se adentran en las alturas, en las oficinas, en los cubículos de contrachapada, en las ruidosas impresoras, en los horarios, en los amplios escritorios de la gente de contaduría, en el sistema.

-¡Dios! Esta tecnología, te juro que me quedo con las señales de humo. -Por tan solo unos instantes el rasgado de los lapices y bolígrafos contra los “papeles importantes” se detuvo.

-Los computeros son todos iguales, todo debe funcionar a la perfección, si algo no anda se les cae el mundo y se asustan, vuelven al origen.

-Será cuestión de tener paciencia y perfeccionarnos en su uso para conocerlas mejor.

-Pero no es un simple capricho, es que desde la mañana esta cosa no funciona, ya le pegué, zarandeé, hasta le grité y sigue en la misma... -dijo Santiago mientras se rascaba la cabeza y se paraba alrededor del escritorio.

-¡Qué difícil época vivimos! Con las maquinas, dependientes totalmente en nuestras vidas, cuando algo no funciona quedamos parados y no sabemos improvisar, volver al lápiz. Yo creo que mejor te cambias al otro escritorio.

-Quizás podemos probar en forma alternada o sea intentemos algunos días usando la computadora y probemos en otras ocasiones con el viejo y querido lápiz.

¿Viejo y querido?, la mente de Santiago se detuvo por un momento, para el los lapices nunca habian sido queridos, viejos si, pero... ¿queridos? Siempre eran o muy claros, o se borroneaban, se les rompía la punta, se hacían irresistibles para morder, pero después dejaban ese sabor áspero a pintura y madera.

-Perfecto. Y ya que estamos vengo en troncomobil al trabajo y espero a que Bilma me tenga la cena lista. Las maquinas son el futuro, no puedo depender de un lápiz, o ¿acaso ya sacaron lapices con Wi-Fi?

-La tecnología a mi me pasó, yo perdí cuando me costó sacarle el ruidito a la calculadora. El problema es que no supe volver atrás.

¿Volver atrás?, “ni que fueramos cangrejos” pensó Monica, siempre se le había dicho que debía armarse para supera las dificultades con una mente ágil, eso era, ¡seguir adelante!

-Bueno, pensemos en ir hacia adelante y demos un voto de confianza a la tecnología. -Y con esa “esperanza” el constante tecleo y el susurro de los lapices contra el papel volvió a inundar la sala.

Y el sopor de la ciudad llega a su maximo y el aire acondicionado hace llorar a los colosos, que con sus lagrimas salpican a los caminantes desprevenidos, en ese flujo, entre constante e inexistente, de hombrecillos, mujercillas, de automóviles y papeles importantes, de gases y alegres saludos del día de las madres.