viernes, 3 de septiembre de 2010

Lo que soy...

Son las 04:16am y termine este trabajo para el taller, espero que les guste.


Una gruesa gota de sudor recorrió su rostro regordete, las delgadas llamas de la hoguera iluminaban su brillante piel cobriza.

Pasó su mano por las innumerables cuentas de madera de sus numerosos collares, el aroma del palo santo invadía su nariz, relajando su cuerpo.

Estiró sus piernas regordetas para acercar sus pies al calor del fuego, siempre hacia esto de niña, bueno, cuando era más niña.

Tan solo a su doce años ya era considerada una mujer, pero a pesar de la seria mirada de sus ojos canela ella seguía siendo una niña. Se desperezó sintiendo el contraste de su vestido de seda blanca contra la gruesa arena de la playa.

Inclinó la cabeza y vio sus manos, sus gruesos dedos se entrelazaban unos con otros. Su mano derecha recorrió su brazo izquierdo, pasando por la muñequera blanca, hasta llegar a sus hombros.

La muñequera, símbolo de su elección desde el nacimiento, tenía una gemela, colocada en su otro brazo, simbolizando el fin de su iniciación.

Ese era el gran día que sus padres habían esperado por tan largo tiempo, el día que aún la atemorizaba un poco, se acurruco levemente.

-No te muevas tanto, ya casi termino.

-Lo siento madre, es que estoy algo nerviosa. –Su voz estaba algo rasposa, tenia la garganta seca.

-Ten, bebe un poco.

Su madre le acerco un cuenco con un liquido verde, lo tomó entre las manos y por unos momentos vio su reflejo en la acuosa superficie, sus ojos entornados por la fuerte luz del sol, había en ellos una decisión que a su corazón parecía faltarle. Miró sus gruesas cejas, su orgullo, su facciones redondeadas, sus labios bien definidos, su nariz delicada, toda ella era el símbolo de la nobleza.

El cabello, grueso, negro, fluía de su cabeza inundando la arena de aquella paradisíaca playa. Su madre lo preparaba atando millares de hojas de varios colores en cada mechón, parecieran mariposas volando sobre la noche de su cabellera.

Se acercó la vasija a su nariz e inhalo el líquido, la frialdad aliviano el calor que sentía su cuerpo al pasar lentamente por su nariz para desembocar en su garganta. Con tan solo tragar ya se sentía aliviada, con tan solo tragar ya no sentía nada.

Era la viva imagen de la primavera, joven, vital, abundante, de aromas y colores apasionados y relajantes.

-Termine con tu cabello, vamos, ya es hora.

Su madre se puso de pie y la ayudo a levantarse, caminaron playa arriba hasta la aldea, de las pequeñas chozas de barro salía la gente del pueblo, con sus ropas de fiesta y su alegre música, el embriagante aroma de la comida, los colores en la cara de la gente, todo indicaba la magnitud de la celebración.

La procesión continuó en ascenso al monte Tec-Tulopa, a medida que se ascendía solo continuaron los músicos y el sacerdote, quien entonando sus cánticos casi guturales preparaba el ambiente.

Dio el ultimo paso y llego a la cima, miro sus muñequeras y se dijo a si misma con firmeza “esto es lo que soy”, el sacerdote la salpico con agua salda y rezó en silencio. La furia del Tec-Tulopa, la de los mismísimos dioses se desataba frente a ella, a tan solo diez metros de distancia el mar de lava burbujeaba inquieto.

Los sulfurosos vapores agitaban su cabeza, colocándola en un leve trance, recordó las últimas palabras de sus padres, la aldea a quien salvaba, los dioses a los que complacía “esto es lo que soy” volvió a repetirse.

Dio el último paso y se entrego a los dioses, al mar de lava, al amor de sus padres, al calor que consumía su piel antes de que sus heridas se empaparan del fuego divino, al calor que desprendía los olores del palo santo en su cuello.

Abrió su boca, inhalando los vapores de su propia sangre, de su carne carbonizada y se repitió por ultima vez “Esto, es lo que soy.”