martes, 26 de octubre de 2010

El insecto

Un pequeño cuentito para taller, muy corto... no es de mis favoritos.

El insecto avanza de frente, con dificultad. Sus ojos enfocan hacia delante aunque su cuerpo parece ir hacia atrás.
Y sin embargo, avanza, paso a paso, casi arrastrándose.
Sus velludas patas marcan su ritmo tambaleante. Se irgue en sus escuálidas extremidades y me empuja hacia atrás.
Desliza sus fauces por mi pecho, zigzaguea por mi cuerpo, me aprisiona las manos con sus garras.
Me tiene en su poder.
Acerca su boca supurante a mis labios y me besa, irrumpe en mi boca con su áspera lengua, serpenteante.
Separa sus labios de los míos y me abraza.
-¿Pasa algo amor? -Me dice y me dedica una cálida mirada.
-Nada corazón, nada. -Contesto mientras cubro nuestros cuerpos desnudo con la sábana.

viernes, 1 de octubre de 2010

Mónica

Toda la mañana trabajando en el galpón del fondo. Finalmente, Roberto, con un último martillazo terminó su tarea. Pero al volverse para entrar a la casa, no vio que ese último clavo, aunque firme, había quedado clavado solamente hasta la mitad.

Ese fue su error. Algunas veces, no ver, puede convertirse en un grave error.

Despertada por el dolor y con sus gritos ahogados en una vieja media, el fantasma de lo que fue Mónica se convulsionaba sobre su cruz. Sus ojos enceguecidos percibieron sus borrosas muñecas clavadas sobre la madera, la sangre reseca que cubría en parte su desnudez.

Todo el peso de su cuerpo descansaba sobre sus piernas, el grueso clavo de sus tobillos, el cual a cada movimiento revolvía su morada carne y desataba intensas olas de dolor por todo su cuerpo.

Tosió con fuerza, o al menos eso intento, su diafragma estaba herido y la mordaza la asfixiaba.

Por encima del dolor sintió algo nuevo, algo extraño en su letargo, movimiento. El clavo de su brazo izquierdo estaba clavado solo hasta la mitad, y algo flojo.

En una sádica contorsión su carne supurante chocó contra él una y otra vez en todas direcciones, ya no había dolor, el dolor era una constante en todo su cuerpo, ya adormecido por el sufrimiento.

Su muñeca se liberó al fin, se llevó casi al límite para sacarse la mordaza, el tener la herida tan cerca de la cara le hizo sentir el dulce y embriagante aroma de la gangrena.

No había forma de escapar, estaba condenada, por más que llegara a la puerta del galpón no sobreviviría.

Su cuerpo cansado se balanceó hacia delante e impactó contra el duro suelo, seguida de su cruz, causando un estruendo.

La puerta se abrió y la vio venir, era su madre que con un calido gesto venia a salvarla, era su padre que venía a abrazarla en una noche de tormenta, era Roberto que atravesaba su cráneo con el martillo, eran sus propias entrañas que recorrían sus heridas supurantes, era su… ya no era nada.