domingo, 5 de diciembre de 2010

Oraculo I y II

Es algo bastante viejo, que escribí en facebook una vez jeje.

¿Por qué esperas una brisa tibia?, a quien tu amas es a la reina del invierno.

¿Por qué abrazas a la reina del invierno? ¿acaso esperas ablandar su corazón?

¿La reina del invierno? o ¿La princesa de la primavera?, su hija, azotada por el frío permanece encerrada en su capullo.

Tan solo sentir por un momento la calidez de la princesa, y veras a la reina más fría, poderosa, distante.

Tan solo tocar a la reina del invierno y la delicada princesa te parecerá el más deseado de todos los tesoros.

Pero oh noble caballero, ¿acaso son comparables la belleza de una nevada a la de los campos en flor?

¿Acaso son más hermosas las flores que los delicados cristales de hielo?.

Desde los picos nevados de la majestuosa montaña el valle de la princesa no parece más que una ínfima ilusión.

Desde el cálido valle de la princesa las montañas parecen amenazadores gigantes congelados.

¿Acaso puedes revolotear como una mariposa? ¿Acaso puedes ser tan calmo como las montañas?

¿Por qué esperas una respuesta, si aún no formulas una pregunta?

El Oráculo no puede esclarecer tu corazón, es la brisa del otoño la que barrerá los caminos.

Así que regresa por donde habéis venido, oh Caballero del Otoño.

Regresa a tu reino, donde las hojas caen y todo se tiñe de dorados.

Donde se puede sentir aún el calor del verano, donde podemos ver el majestuoso invierno que se acerca.

Donde todos se guarecen, donde todo es cálido a pesar del frió que se avecina.

Y ya no es el Oráculo quien habla, es mi alma quien se arma de valor y grita a los cuatro vientos:

-Te espero en mi reino!

Bufanda

Un cuento algo viejo, otro trabajo de taller.

Aquella noche estaba tan fría, pero sin embargo su cuerpo esta allí, sin timidez, impúdico, esperando mis caricias. Apoyé mi indice en sus carnosos labios, deslice las yemas de mis dedos por su sedosa piel, tan blanca, recorrí todo su cuerpo, palpando cada palmo de su ser, cada porción de su ser, sus más intimas cavidades. La besé, mi lengua irrumpió en su boca, jugueteando contra su áspera lengua, nuestras viscosidades se mezclaban, pero su lengua no jugaba conmigo, solo su cuerpo estaba allí para mí, parecía mentira que aquella tarde me hubiera llamado rompiendo en llantos, rogándome que la amara, que la hiciera mía una vez más, diciéndome que me necesitaba, ahora estaba extrañamente tiesa, pero ya no importaba, siguiendo sus deseos le hice el amor con tanta pasión y desenfreno como en nuestra primera vez, la tome de las manos, nuestras muñecas se juntaron, sentí las húmedas grietas de donde emanaba el viscoso fluido de su sangre, llegue al paraíso y descendí en muy poco tiempo, la bese por ultima vez, me vestí y la deje en su soledad, al salir ajuste mi bufanda, aquella noche estaba tan fría.

martes, 26 de octubre de 2010

El insecto

Un pequeño cuentito para taller, muy corto... no es de mis favoritos.

El insecto avanza de frente, con dificultad. Sus ojos enfocan hacia delante aunque su cuerpo parece ir hacia atrás.
Y sin embargo, avanza, paso a paso, casi arrastrándose.
Sus velludas patas marcan su ritmo tambaleante. Se irgue en sus escuálidas extremidades y me empuja hacia atrás.
Desliza sus fauces por mi pecho, zigzaguea por mi cuerpo, me aprisiona las manos con sus garras.
Me tiene en su poder.
Acerca su boca supurante a mis labios y me besa, irrumpe en mi boca con su áspera lengua, serpenteante.
Separa sus labios de los míos y me abraza.
-¿Pasa algo amor? -Me dice y me dedica una cálida mirada.
-Nada corazón, nada. -Contesto mientras cubro nuestros cuerpos desnudo con la sábana.

viernes, 1 de octubre de 2010

Mónica

Toda la mañana trabajando en el galpón del fondo. Finalmente, Roberto, con un último martillazo terminó su tarea. Pero al volverse para entrar a la casa, no vio que ese último clavo, aunque firme, había quedado clavado solamente hasta la mitad.

Ese fue su error. Algunas veces, no ver, puede convertirse en un grave error.

Despertada por el dolor y con sus gritos ahogados en una vieja media, el fantasma de lo que fue Mónica se convulsionaba sobre su cruz. Sus ojos enceguecidos percibieron sus borrosas muñecas clavadas sobre la madera, la sangre reseca que cubría en parte su desnudez.

Todo el peso de su cuerpo descansaba sobre sus piernas, el grueso clavo de sus tobillos, el cual a cada movimiento revolvía su morada carne y desataba intensas olas de dolor por todo su cuerpo.

Tosió con fuerza, o al menos eso intento, su diafragma estaba herido y la mordaza la asfixiaba.

Por encima del dolor sintió algo nuevo, algo extraño en su letargo, movimiento. El clavo de su brazo izquierdo estaba clavado solo hasta la mitad, y algo flojo.

En una sádica contorsión su carne supurante chocó contra él una y otra vez en todas direcciones, ya no había dolor, el dolor era una constante en todo su cuerpo, ya adormecido por el sufrimiento.

Su muñeca se liberó al fin, se llevó casi al límite para sacarse la mordaza, el tener la herida tan cerca de la cara le hizo sentir el dulce y embriagante aroma de la gangrena.

No había forma de escapar, estaba condenada, por más que llegara a la puerta del galpón no sobreviviría.

Su cuerpo cansado se balanceó hacia delante e impactó contra el duro suelo, seguida de su cruz, causando un estruendo.

La puerta se abrió y la vio venir, era su madre que con un calido gesto venia a salvarla, era su padre que venía a abrazarla en una noche de tormenta, era Roberto que atravesaba su cráneo con el martillo, eran sus propias entrañas que recorrían sus heridas supurantes, era su… ya no era nada.

viernes, 3 de septiembre de 2010

Lo que soy...

Son las 04:16am y termine este trabajo para el taller, espero que les guste.


Una gruesa gota de sudor recorrió su rostro regordete, las delgadas llamas de la hoguera iluminaban su brillante piel cobriza.

Pasó su mano por las innumerables cuentas de madera de sus numerosos collares, el aroma del palo santo invadía su nariz, relajando su cuerpo.

Estiró sus piernas regordetas para acercar sus pies al calor del fuego, siempre hacia esto de niña, bueno, cuando era más niña.

Tan solo a su doce años ya era considerada una mujer, pero a pesar de la seria mirada de sus ojos canela ella seguía siendo una niña. Se desperezó sintiendo el contraste de su vestido de seda blanca contra la gruesa arena de la playa.

Inclinó la cabeza y vio sus manos, sus gruesos dedos se entrelazaban unos con otros. Su mano derecha recorrió su brazo izquierdo, pasando por la muñequera blanca, hasta llegar a sus hombros.

La muñequera, símbolo de su elección desde el nacimiento, tenía una gemela, colocada en su otro brazo, simbolizando el fin de su iniciación.

Ese era el gran día que sus padres habían esperado por tan largo tiempo, el día que aún la atemorizaba un poco, se acurruco levemente.

-No te muevas tanto, ya casi termino.

-Lo siento madre, es que estoy algo nerviosa. –Su voz estaba algo rasposa, tenia la garganta seca.

-Ten, bebe un poco.

Su madre le acerco un cuenco con un liquido verde, lo tomó entre las manos y por unos momentos vio su reflejo en la acuosa superficie, sus ojos entornados por la fuerte luz del sol, había en ellos una decisión que a su corazón parecía faltarle. Miró sus gruesas cejas, su orgullo, su facciones redondeadas, sus labios bien definidos, su nariz delicada, toda ella era el símbolo de la nobleza.

El cabello, grueso, negro, fluía de su cabeza inundando la arena de aquella paradisíaca playa. Su madre lo preparaba atando millares de hojas de varios colores en cada mechón, parecieran mariposas volando sobre la noche de su cabellera.

Se acercó la vasija a su nariz e inhalo el líquido, la frialdad aliviano el calor que sentía su cuerpo al pasar lentamente por su nariz para desembocar en su garganta. Con tan solo tragar ya se sentía aliviada, con tan solo tragar ya no sentía nada.

Era la viva imagen de la primavera, joven, vital, abundante, de aromas y colores apasionados y relajantes.

-Termine con tu cabello, vamos, ya es hora.

Su madre se puso de pie y la ayudo a levantarse, caminaron playa arriba hasta la aldea, de las pequeñas chozas de barro salía la gente del pueblo, con sus ropas de fiesta y su alegre música, el embriagante aroma de la comida, los colores en la cara de la gente, todo indicaba la magnitud de la celebración.

La procesión continuó en ascenso al monte Tec-Tulopa, a medida que se ascendía solo continuaron los músicos y el sacerdote, quien entonando sus cánticos casi guturales preparaba el ambiente.

Dio el ultimo paso y llego a la cima, miro sus muñequeras y se dijo a si misma con firmeza “esto es lo que soy”, el sacerdote la salpico con agua salda y rezó en silencio. La furia del Tec-Tulopa, la de los mismísimos dioses se desataba frente a ella, a tan solo diez metros de distancia el mar de lava burbujeaba inquieto.

Los sulfurosos vapores agitaban su cabeza, colocándola en un leve trance, recordó las últimas palabras de sus padres, la aldea a quien salvaba, los dioses a los que complacía “esto es lo que soy” volvió a repetirse.

Dio el último paso y se entrego a los dioses, al mar de lava, al amor de sus padres, al calor que consumía su piel antes de que sus heridas se empaparan del fuego divino, al calor que desprendía los olores del palo santo en su cuello.

Abrió su boca, inhalando los vapores de su propia sangre, de su carne carbonizada y se repitió por ultima vez “Esto, es lo que soy.”

jueves, 26 de agosto de 2010

Nieve de verano

Se dejo caer sobre el colchón, de espaldas, viendo como la delgada capa de polvo diaria se desprendía de las cortinas que guarecían a su cama en el interior. El terciopelo de estas, tan delicado, de un verde intenso se mecía con suavidad, reflejando las pálidas luces amarillentas de las velas que iluminaban la habitación.

El piso me madera rechinaba ligeramente con cada movimiento que hacía en la cama, estaba relajado, su cuerpo, pero su mente estaba intranquila.

Había solucionado el problema que tanto lo agobiaba, pero aún así estaba inquieto, como si su presencia… como si él le estuviera respirando en la nuca. Se dijo a si mismo que debía calmarse, salió de su cama y se dirigió a una de las esquinas de la habitación, a un mueble de madera, finamente tallado. Sus puertas con delgados vidrios dejaban ver la diversa cristalería de su interior, tomó un vaso y abrió las puertas inferiores del mueble, mostraban tallados de una parra y unas delicadas uvas. Retiró una botella con un contenido color ámbar, se sirvió la espirituosa bebida y tomó asiento en un sillón cercano. Perdió su mirada en el suave fuego que iluminaba intermitentemente su cuarto.

Era algo fácil de comprender, se había desecho del problema, punto final, él no existía más, ya no había nada que le molestara.

-¡Muerto!, Esta muerto, enterrado en lo mas profundo de mis tierras, ¡no hay manera de que regrese del infierno que se merece! –Sus gritos hacían temblar los cristales de las ventanas. –Él se lo merecía, lo único que merecía de mi parte, lo único que se ganó, su propia muerte. –Dio un largo trago y respiro profundo, una y otra vez.

Respiraba como bebía, poco, a una frecuencia elevada, azotado por temblores. El miedo iba enfriando poco a poco su cuerpo, los temblores se hacían insostenibles.

-Te ves mal Elroy, te dije que dejaras el alcohol. –Los ojos de Elroy se abrieron de par en par y sus pupilas se dilataron al máximo.

-Imposible, Vade Retro Satana, ¡esto no puede ser verdad!

-Claro que lo es, sabes que no puedes matarme.

El compañero del señor Elroy, Morgan, “el negro”, como solían decirle, salía de entre las llamas del hogar quitándose la tierra de los hombros.

Elroy le arrojo el vaso, solo para ver como este atravesaba su cuerpo y sin más “el negro” avanzaba lentamente hacia él. Al vaso lo siguió la botella entera, los cuales impactaron contra la estufa a leña desatando un mar de llamas etílicas que reptaban por el suelo a medida que Elroy se alejaba de la fantasmal imagen de su compañero.

Chocó contra su mesita de noche, rápidamente abrió el cajón y tomó su viejo revolver. Estaba descargado como siempre, había balas en el cajón, estaba poniéndolas una a una en el tambor de su arma, con manos temblorosas, con el sudor frío recorriendo su nuca.

Morgan se acercaba cada vez mas, desnudo, así como lo habían enterrado. Sus contornos eran iluminados por la voraz luz del fuego, cada vez sus cuerpos estaban más cerca, con aquella fantasmagoría lentitud, sus caras estuvieron solo a un palmo de distancia.

El amplio rostro de Morgan, curtido por toda su juventud de trabajos en el campo, con su expresión totalmente muerta, sus ojos en blanco carentes de vida, ojos que juzgaban, su gran nariz con las fosas dilatándose con cada exhalación del congelante aliento de los muertos, sus labios carnosos, susurrantes, acusadores. Se iluminaba y apagaba al salvaje ritmo de las llamas que devoraban el lugar.

Elroy sabía que solo había una forma de deshacerse de Morgan de una vez por todas.

De las ocho balas que cargó en su revolver, solo se escucho el disparo de una aquella tarde de diciembre, interrumpiendo momentáneamente las actividades veraniegas de los citadinos.

Las llamas consumían la imponente mansión llevando sus cenizas en el viento.

Cenizas que caerían sobre toda la ciudad, cubriéndolo todo, con una fina capa gris.

Cenizas que despertarían en un pequeño la sorpresa.

La sorpresa de encontrar nieve de verano.

miércoles, 11 de agosto de 2010

Los colosos grises

Es un principio de un trabajo que hicimos en taller.

Habia que crear un diálogo entre los tres (Marta, Monica y yo), después a mi me toco "enmarcar" ese dialogo.


Gris, ¿qué otra forma de describirlo?.

Gris, denso, cargado de los vapores del constante flujo de automóviles. Bueno, cuando estos se movían, y los pequeños hombrecillos y mujercillas no hacían de sus bocas una explosión del vocabulario tan fluido que se maneja en el centro de la ciudad, donde un neumático pinchado transforma un seis de noviembre en un nuevo día de las madres, y todos animados por la euforia no dudan en hablar sobre la de los demás.

Los colosos de cemento se irguen en los ríos de asfalto, y aquellos hombrecillos y mujercillas se adentran en las alturas, en las oficinas, en los cubículos de contrachapada, en las ruidosas impresoras, en los horarios, en los amplios escritorios de la gente de contaduría, en el sistema.

-¡Dios! Esta tecnología, te juro que me quedo con las señales de humo. -Por tan solo unos instantes el rasgado de los lapices y bolígrafos contra los “papeles importantes” se detuvo.

-Los computeros son todos iguales, todo debe funcionar a la perfección, si algo no anda se les cae el mundo y se asustan, vuelven al origen.

-Será cuestión de tener paciencia y perfeccionarnos en su uso para conocerlas mejor.

-Pero no es un simple capricho, es que desde la mañana esta cosa no funciona, ya le pegué, zarandeé, hasta le grité y sigue en la misma... -dijo Santiago mientras se rascaba la cabeza y se paraba alrededor del escritorio.

-¡Qué difícil época vivimos! Con las maquinas, dependientes totalmente en nuestras vidas, cuando algo no funciona quedamos parados y no sabemos improvisar, volver al lápiz. Yo creo que mejor te cambias al otro escritorio.

-Quizás podemos probar en forma alternada o sea intentemos algunos días usando la computadora y probemos en otras ocasiones con el viejo y querido lápiz.

¿Viejo y querido?, la mente de Santiago se detuvo por un momento, para el los lapices nunca habian sido queridos, viejos si, pero... ¿queridos? Siempre eran o muy claros, o se borroneaban, se les rompía la punta, se hacían irresistibles para morder, pero después dejaban ese sabor áspero a pintura y madera.

-Perfecto. Y ya que estamos vengo en troncomobil al trabajo y espero a que Bilma me tenga la cena lista. Las maquinas son el futuro, no puedo depender de un lápiz, o ¿acaso ya sacaron lapices con Wi-Fi?

-La tecnología a mi me pasó, yo perdí cuando me costó sacarle el ruidito a la calculadora. El problema es que no supe volver atrás.

¿Volver atrás?, “ni que fueramos cangrejos” pensó Monica, siempre se le había dicho que debía armarse para supera las dificultades con una mente ágil, eso era, ¡seguir adelante!

-Bueno, pensemos en ir hacia adelante y demos un voto de confianza a la tecnología. -Y con esa “esperanza” el constante tecleo y el susurro de los lapices contra el papel volvió a inundar la sala.

Y el sopor de la ciudad llega a su maximo y el aire acondicionado hace llorar a los colosos, que con sus lagrimas salpican a los caminantes desprevenidos, en ese flujo, entre constante e inexistente, de hombrecillos, mujercillas, de automóviles y papeles importantes, de gases y alegres saludos del día de las madres.

domingo, 18 de julio de 2010

Cebolla

Cocinabas en silencio, tranquila. Cortabas una cebolla con un movimiento rápido y certero, lo que dejaba en evidencia el filo de la cuchilla. El metal levemente oxidado se deslizaba suavemente sobre la pieza, se hundía despacio, tajo a tajo atravesaba cada una de las capas como si anhelara llegar al centro mismo del universo, al corazón de todas las dudas.
En ese instante una lágrima cayó sobre la mesada. Cualquiera hubiese dicho que era una respuesta natural, un evento cotidiano en el mundo culinario. Pero no. Fue entonces cuando abandonaste aquella cebolla partida en dos, una mitad a cada lado, bruscamente separadas, y saliste de allí con la cuchilla entre las manos, los dedos agarrotados, las uñas clavadas en la empuñadura de madera. Siempre en silencio y sin detener la marcha, sin aminorar la cadencia de tu desición, pateaste la puerta del dormitorio y hundiste tu alma en la oscuridad, en el aire oxidado que se abría al medio para dejarte pasar.
La luz del corredor delineaba tu silueta, creando figuras con el polvo en suspensión. Prendiste la luz.
Te veías poderosa, decidida, armada. Acortaste la distancia entre nosotras y me miraste directamente a los ojos. Discutimos sin necesidad de palabras, ya sabíamos cuanto nos odiábamos.
Estabas despeinada, con los ojos abiertos de par en par, nerviosa, con esa estúpida sonrisa tuya, la que pones cuando crees estar en lo correcto.
Apoyaste la cuchilla en la boca de mi estómago y la hundiste. Lo hacía lentamente, atravesando cada capa, respondiendo a cada duda, esto era lo que querías, lo que queríamos.
Tus piernas temblaron y caíste sobre el espejo. Fue entonces cuando abandonaste la pieza, partida en dos, una mitad a cada lado. Tú y yo. Bruscamente separadas.

miércoles, 7 de julio de 2010

El primer paso de un largo camino.

Bueno como segunda entrada lamento decir que tengo otro cuento viejo jajaja.
Este es el primer cuento que escribí siendo consciente de que estaba escribiendo, por así decirlo. O al menos es el primero que aún conservo.
Todos los cuentos que escribí de chico desaparecieron, así como mis cuatro libretas donde guardaba novelas e intentos de cosas "grandes".
Bueno, espero que disfruten este cuento.

Sofía


Era difícil de entender, realmente difícil, por más que leyera una y otra vez esa carta, ese mendigo pedazo de papel, no lograba comprender lo que le decían.
Podía leerla, podía comprender las palabras que habían escrito en el papel, pero al juntarlas en el orden que las habían colocado no lograba comprender nada, pero eso no se debía a que las palabras estuvieran desordenadas sino por el mensaje que le transmitían.
El mensaje de la carta, la despedía de su querida Sofía, Sofía, su amada Sofía lo estaba dejando, lo había abandonado, lo había dejado a su suerte.
La carta la había encontrado esa mañana al despertar, fue lo primero que vio luego de la cúpula que envolvía su lujosa cama con cortinas de fina seda. Estaba allí en su mesita de noche, junto a un vaso de agua y sus medicamentos, allí estaba rompiendo la monotonía del cuarto, resaltando con su sobre color rojo, más bien era escarlata, no, no, rojo sangre, si, ese era su color, un sobre teñido de la sangre de su ahora destrozado corazón.
Estuvo un largo rato sentado sobre su cama mirando como un idiota, primero el sobre, luego la carta, de nuevo al sobre, luego a las paredes verdes de su enorme habitación, nuevamente a la carta, a los muebles de roble que llenaban el espacio de su habitación, que ahora estaba más vacía que nunca, vacía y fría.
Si estaba inusualmente fría esa mañana, a pesar de que las sirvientas al salir el sol de otoño encendieron la estufa de su habitación.
Si los sirvientes, debían ser ellos, ellos debían haber tramado esa treta, ella nunca hubiera escrito esas palabras, si ellos habían sido, y debían pagar por el crimen que habían cometido, pero, no, no, esa si era la letra de su Sofía, la letra de su amada que se despedía, pero, no había ningún motivo, si, eso, Sofía no tenia razones para irse, vivían felices, rodeados de sirvientes…, eso, si, los sirvientas ellos eran el motivo por el cual Sofía había marchado, seguramente a Sofía le molesto que el viviera rodeado de sus sirvientas, si eso, por eso su querida Sofía se había molestado.
Se levanto de un salto y acomodándose la bata y sus lujosas pantuflas se puso en marcha a la cocina, si, la cocina era el lugar perfecto para empezar, allí siempre había uno o dos sirvientes, pero lo más importante, allí había gran variedad de cuchillos y objetos filosos en general.
Fue todo muy fugaz, al entrar en la amplia cocina se topo con dos sirvientas que lo saludaron e hicieron reverencia a la par, ni siquiera esa falsa lealtad podía engañarlo ahora, si lo veía claramente, no eran sirvientas, eran engendros, eran no más que repugnantes plebeyos, iguales a los que mendigaban en las calles, eran sucios animales, nadie los extrañaría si desaparecían.
Las sirvientas gritaron al ver que su amo tomaba el hacha con la que decapitaban a las gallinas que crecían libremente en el gran patio de la mansión de su señor, pero de nada sirvió gritar, su amo fue rápido y prolijo, sumamente prolijo, solo necesito dos golpes para arrebatar la vida de las cocineras.
Pero todavía no había terminado, había más sirvientes en la mansión, se lamento por un momento por haberse malcriado tanto, por haberse rodeado de tanta peste, de haber dejado que simples plebeyos limpiaran su ropa, cocinaran sus alimentos, lo vistieran a el y a su Sofía.
Sofía, Sofía, ahora se había ido, y no volvería, todo por culpa de esas alimañas, y justo a tiempo se cruzo con una sirvienta sacando el polvo de las enormes cortinas de los ventanales del corredor, y nuevamente de un solo golpe se apodero nuevamente de la miserable vida de esos monstruos, de esas repugnantes criaturas, pero aún faltaban cuando menos dos o tres sirvientas más, si, tres, eran tres si contaba a su sirvienta consentida, la que suplía a Sofía cuando esta emprendía algún viaje para satisfacer sus costosos antojos, si, Camila, si así se llamaba, Camila su pequeña consentida, pero no, a ella no podría matarla, si su memoria no lo engañaba había algo de sangre noble corriendo por las venas de Camila, si, sangre noble, su propia sangre corría por las venas de Camila.
Pero no tenia opción, era por culpa de los repugnantes plebeyos que su querida Sofía se había marchado, ni siquiera Camila, con su joven cuerpo tan codiciado por el resto de los nobles, los nobles que en secreto amaban a plebeyas, ni siquiera ella podía complacerlo ahora, había solo una cosa que podía complacerle en ese momento, ver correr las sangre de sus apestosos sirvientes, si, la peste de sus sirvientas podía olerse en el aire, estaban cerca, si, podía sentirlo, siguiendo por el corredor, si, las siguiente puerta a la derecha, allí estaban sus dos sirvientas más jóvenes tomando un baño, ni siquiera esa imagen tan tentadora lo podría distraer ahora, su hacha callo silenciando los gritos de las jóvenes enamoradas.
Ya lo había hecho, había saciado su sed de venganza, no, todavía faltaba su consentida, Camila, esa asquerosa ramera debía estar en su habitación esperándolo, como lo hacia siempre que la señora Sofía salía, y esta vez para no volver.
Se dirigió rápidamente a su habitación, subió las escaleras, no le importo que el fino mármol de los escalones se manchara con la sangre de sus sirvientas, podría contratar nuevas remeras para que limpiaran la sangre de las anteriores.
Abrió la puerta de par en par, allí estaba como siempre Camila, esperándolo, semidesnuda.
-Señor, ha venido, apresúrese que la señora Sofía no tardara mucho en regresar-
-No Camila, la señora Sofía no volverá, y todo por culpa de esos asquerosos plebeyos-
-No entiendo de que me habla señor-
-No te hagas la tonta Camila, estoy hablando de las otras sirvientas de esta casa, por su culpa la señora Sofía me ha abandonado-
-Señor, no conozco a la tal señora Sofía-
-Como que no la conoces, nosotros, tú, tú siempre me satisfacías cuando la señora Sofía salía de compras-
-Señor aquí estamos solo nosotros dos, y así siempre lo hemos estado-
-Mentira, estas mintiendo, maldita ramera, eres como todos los plebeyos-
Con una furia incontenible se abalanzó sobre Camila, arrebatándole su último aliento.
Ahora si, ya había consumado su venganza, pero no, no es feliz aún, hay algo más, si, algo más, hay algo en el fondo de su conciencia, un sentimiento que desborda ahora por sus ojos, ya nada más se puede ver de esa habitación, solo se lo ve a el abrazando al cuerpo inerte de su amante.
Su amante que lentamente se desvanece, ahora esta solo, solo yaciendo en suelo rodeado de trozos de vidrio, vidrio del gran espejo de su lujoso armario de roble, las esquirlas de vidrio cubren todo su cuerpo, sus ropas están bañadas en sangre, sangre de noble.
En su mesa de noche una pequeña carta en un sobre rojo, como la sangra que corre por el piso de madera de la habitación, la nota escrita a mano por una mujer, solo dice:

“Querido he salido a comprar tu medicación, si tienes algún problema solo llama a algún sirviente, la puerta esta cerrada con llave por tu seguridad, volveré tarde


Siempre tuya -Sofía-”


Mis disculpas si está algo confuso, ya se que debería re-escribirlo, algún día me tomare el trabajo de hacerlo jajaja.
Bueno, espero verlos en la siguiente entrada.
Saludos!

martes, 6 de julio de 2010

Tren

Me gustaría comenzar este blog con uno de mis cuentos favoritos hasta el momento.
Espero que disfruten en leerlo tanto como yo disfrute al escribirlo.

Nunca había visto en una mirada vacía tanta cantidad de emociones, su rostro tan femenino, con la mirada perdida en la nada, meditando, realmente nunca había contemplado mirada como la de aquella chica. Su iris verde como un pequeño anillo rodeando sus pupilas tan dilatadas por la penumbra, apenas iluminada por la luz de los astros y de aquella luna en cuarto creciente. El frío del exterior empañaba los vidrios de aquel tren con destino a... bueno, ya lo había olvidado, siempre pensé que lo importante no era a donde llegase sino disfrutar el camino, siempre que escribía algo mis personajes caminaban sin rumbo, si no viajaba la vida me parecía; bueno, no me parecía que estuviese viviendo.

Allí estaba ella, sentada frente a mi por simple casualidad, con su mirada llena de los dolores del pasado, las preocupaciones del presente y los planes del futuro, mire sus rasgos, los cuales que aunque femeninos estaban curtidos por el sufrimiento. Todo ese pesar, todo el sufrimiento que se podía ver en su rostro, el calvario de sus pensamientos, el infierno de su alma, no hacía más que volverla increíblemente atractiva. Ella era uno de mis personajes en carne y hueso, una verdadera caminante, ella estaba realmente viva, su dolor se lo recordaba a cada momento. Me dirigió una mirada que se encontró con mis intensos ojos analíticos, vi mi reflejo en los suyos y me imagine artífice de sus males, me infundo el prohibido placer, el calor palpitante domino mi cuerpo, mis músculos se tensionaron, mis manos temblaron y mis pupilas se dilataron.

Y la pude ver, en sus tonos nocturnos, sus cabellos platinados que fluían de su cabeza y salpicaban en sus hombros en el camino hasta sus senos, remarcados por aquel buzo de lana tejido a mano, de un lila intenso, su blanco y delgado cuello cubierto por una sutil bufanda, su rostro perfecto, era la mejor forma de definirlo.

Me imagine provocando su llanto, arrancándole desesperados gritos de dolor y temeroso placer, yo era el dueño de su miedo y su disfrute, sí, yo podía crear, yo era el mismo Dios.

Desenfunde mi mano, estire mi maliciosa garra hasta su rostro de porcelana, deslicé lentamente mis dedos por sus suaves mejillas, su piel era tan tersa y sus casi imperceptibles bellos hacían deliciosas caricias en las yemas de mis dedos. Abrí mi boca y unas palabras viajaron hacia sus oídos.

Una pequeña sonrisa se dibujo en su rostro y los problemas pasaron a ser una ínfima sobra en su mirada, me quede maravillado con aquella simple y delicada curva, era increíble como un rasgo tan sencillo podía cambiar la totalidad de su rostro. Su helado rostro de porcelana emitía una calidez capaz de ablandar el corazón de la más brutal de las bestias.

Mire mis manos de Dios, yo había creado la tierna mirada de su rostro, su bella y enigmática sonrisa, un simple viajero sin rumbo, un simple hombre que se deleitaba con ver como el mundo se dibujaba con su caminar, un poderoso Dios había encontrado su motivo de ser, debía mantener con vida a su frágil creación, debía terminar con la sombra de sus ojos, el eterno caminante había encontrado la respuesta a una de sus más importantes preguntas:

¿Por que detenerse?


Bueno, eso es todo por ahora. Siéntanse libres de comentar, ya nos veremos en otras entradas.