En ese instante una lágrima cayó sobre la mesada. Cualquiera hubiese dicho que era una respuesta natural, un evento cotidiano en el mundo culinario. Pero no. Fue entonces cuando abandonaste aquella cebolla partida en dos, una mitad a cada lado, bruscamente separadas, y saliste de allí con la cuchilla entre las manos, los dedos agarrotados, las uñas clavadas en la empuñadura de madera. Siempre en silencio y sin detener la marcha, sin aminorar la cadencia de tu desición, pateaste la puerta del dormitorio y hundiste tu alma en la oscuridad, en el aire oxidado que se abría al medio para dejarte pasar.
La luz del corredor delineaba tu silueta, creando figuras con el polvo en suspensión. Prendiste la luz.
Te veías poderosa, decidida, armada. Acortaste la distancia entre nosotras y me miraste directamente a los ojos. Discutimos sin necesidad de palabras, ya sabíamos cuanto nos odiábamos.
Estabas despeinada, con los ojos abiertos de par en par, nerviosa, con esa estúpida sonrisa tuya, la que pones cuando crees estar en lo correcto.
Apoyaste la cuchilla en la boca de mi estómago y la hundiste. Lo hacía lentamente, atravesando cada capa, respondiendo a cada duda, esto era lo que querías, lo que queríamos.
Tus piernas temblaron y caíste sobre el espejo. Fue entonces cuando abandonaste la pieza, partida en dos, una mitad a cada lado. Tú y yo. Bruscamente separadas.
Estabas despeinada, con los ojos abiertos de par en par, nerviosa, con esa estúpida sonrisa tuya, la que pones cuando crees estar en lo correcto.
Apoyaste la cuchilla en la boca de mi estómago y la hundiste. Lo hacía lentamente, atravesando cada capa, respondiendo a cada duda, esto era lo que querías, lo que queríamos.
Tus piernas temblaron y caíste sobre el espejo. Fue entonces cuando abandonaste la pieza, partida en dos, una mitad a cada lado. Tú y yo. Bruscamente separadas.
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