domingo, 18 de julio de 2010

Cebolla

Cocinabas en silencio, tranquila. Cortabas una cebolla con un movimiento rápido y certero, lo que dejaba en evidencia el filo de la cuchilla. El metal levemente oxidado se deslizaba suavemente sobre la pieza, se hundía despacio, tajo a tajo atravesaba cada una de las capas como si anhelara llegar al centro mismo del universo, al corazón de todas las dudas.
En ese instante una lágrima cayó sobre la mesada. Cualquiera hubiese dicho que era una respuesta natural, un evento cotidiano en el mundo culinario. Pero no. Fue entonces cuando abandonaste aquella cebolla partida en dos, una mitad a cada lado, bruscamente separadas, y saliste de allí con la cuchilla entre las manos, los dedos agarrotados, las uñas clavadas en la empuñadura de madera. Siempre en silencio y sin detener la marcha, sin aminorar la cadencia de tu desición, pateaste la puerta del dormitorio y hundiste tu alma en la oscuridad, en el aire oxidado que se abría al medio para dejarte pasar.
La luz del corredor delineaba tu silueta, creando figuras con el polvo en suspensión. Prendiste la luz.
Te veías poderosa, decidida, armada. Acortaste la distancia entre nosotras y me miraste directamente a los ojos. Discutimos sin necesidad de palabras, ya sabíamos cuanto nos odiábamos.
Estabas despeinada, con los ojos abiertos de par en par, nerviosa, con esa estúpida sonrisa tuya, la que pones cuando crees estar en lo correcto.
Apoyaste la cuchilla en la boca de mi estómago y la hundiste. Lo hacía lentamente, atravesando cada capa, respondiendo a cada duda, esto era lo que querías, lo que queríamos.
Tus piernas temblaron y caíste sobre el espejo. Fue entonces cuando abandonaste la pieza, partida en dos, una mitad a cada lado. Tú y yo. Bruscamente separadas.

miércoles, 7 de julio de 2010

El primer paso de un largo camino.

Bueno como segunda entrada lamento decir que tengo otro cuento viejo jajaja.
Este es el primer cuento que escribí siendo consciente de que estaba escribiendo, por así decirlo. O al menos es el primero que aún conservo.
Todos los cuentos que escribí de chico desaparecieron, así como mis cuatro libretas donde guardaba novelas e intentos de cosas "grandes".
Bueno, espero que disfruten este cuento.

Sofía


Era difícil de entender, realmente difícil, por más que leyera una y otra vez esa carta, ese mendigo pedazo de papel, no lograba comprender lo que le decían.
Podía leerla, podía comprender las palabras que habían escrito en el papel, pero al juntarlas en el orden que las habían colocado no lograba comprender nada, pero eso no se debía a que las palabras estuvieran desordenadas sino por el mensaje que le transmitían.
El mensaje de la carta, la despedía de su querida Sofía, Sofía, su amada Sofía lo estaba dejando, lo había abandonado, lo había dejado a su suerte.
La carta la había encontrado esa mañana al despertar, fue lo primero que vio luego de la cúpula que envolvía su lujosa cama con cortinas de fina seda. Estaba allí en su mesita de noche, junto a un vaso de agua y sus medicamentos, allí estaba rompiendo la monotonía del cuarto, resaltando con su sobre color rojo, más bien era escarlata, no, no, rojo sangre, si, ese era su color, un sobre teñido de la sangre de su ahora destrozado corazón.
Estuvo un largo rato sentado sobre su cama mirando como un idiota, primero el sobre, luego la carta, de nuevo al sobre, luego a las paredes verdes de su enorme habitación, nuevamente a la carta, a los muebles de roble que llenaban el espacio de su habitación, que ahora estaba más vacía que nunca, vacía y fría.
Si estaba inusualmente fría esa mañana, a pesar de que las sirvientas al salir el sol de otoño encendieron la estufa de su habitación.
Si los sirvientes, debían ser ellos, ellos debían haber tramado esa treta, ella nunca hubiera escrito esas palabras, si ellos habían sido, y debían pagar por el crimen que habían cometido, pero, no, no, esa si era la letra de su Sofía, la letra de su amada que se despedía, pero, no había ningún motivo, si, eso, Sofía no tenia razones para irse, vivían felices, rodeados de sirvientes…, eso, si, los sirvientas ellos eran el motivo por el cual Sofía había marchado, seguramente a Sofía le molesto que el viviera rodeado de sus sirvientas, si eso, por eso su querida Sofía se había molestado.
Se levanto de un salto y acomodándose la bata y sus lujosas pantuflas se puso en marcha a la cocina, si, la cocina era el lugar perfecto para empezar, allí siempre había uno o dos sirvientes, pero lo más importante, allí había gran variedad de cuchillos y objetos filosos en general.
Fue todo muy fugaz, al entrar en la amplia cocina se topo con dos sirvientas que lo saludaron e hicieron reverencia a la par, ni siquiera esa falsa lealtad podía engañarlo ahora, si lo veía claramente, no eran sirvientas, eran engendros, eran no más que repugnantes plebeyos, iguales a los que mendigaban en las calles, eran sucios animales, nadie los extrañaría si desaparecían.
Las sirvientas gritaron al ver que su amo tomaba el hacha con la que decapitaban a las gallinas que crecían libremente en el gran patio de la mansión de su señor, pero de nada sirvió gritar, su amo fue rápido y prolijo, sumamente prolijo, solo necesito dos golpes para arrebatar la vida de las cocineras.
Pero todavía no había terminado, había más sirvientes en la mansión, se lamento por un momento por haberse malcriado tanto, por haberse rodeado de tanta peste, de haber dejado que simples plebeyos limpiaran su ropa, cocinaran sus alimentos, lo vistieran a el y a su Sofía.
Sofía, Sofía, ahora se había ido, y no volvería, todo por culpa de esas alimañas, y justo a tiempo se cruzo con una sirvienta sacando el polvo de las enormes cortinas de los ventanales del corredor, y nuevamente de un solo golpe se apodero nuevamente de la miserable vida de esos monstruos, de esas repugnantes criaturas, pero aún faltaban cuando menos dos o tres sirvientas más, si, tres, eran tres si contaba a su sirvienta consentida, la que suplía a Sofía cuando esta emprendía algún viaje para satisfacer sus costosos antojos, si, Camila, si así se llamaba, Camila su pequeña consentida, pero no, a ella no podría matarla, si su memoria no lo engañaba había algo de sangre noble corriendo por las venas de Camila, si, sangre noble, su propia sangre corría por las venas de Camila.
Pero no tenia opción, era por culpa de los repugnantes plebeyos que su querida Sofía se había marchado, ni siquiera Camila, con su joven cuerpo tan codiciado por el resto de los nobles, los nobles que en secreto amaban a plebeyas, ni siquiera ella podía complacerlo ahora, había solo una cosa que podía complacerle en ese momento, ver correr las sangre de sus apestosos sirvientes, si, la peste de sus sirvientas podía olerse en el aire, estaban cerca, si, podía sentirlo, siguiendo por el corredor, si, las siguiente puerta a la derecha, allí estaban sus dos sirvientas más jóvenes tomando un baño, ni siquiera esa imagen tan tentadora lo podría distraer ahora, su hacha callo silenciando los gritos de las jóvenes enamoradas.
Ya lo había hecho, había saciado su sed de venganza, no, todavía faltaba su consentida, Camila, esa asquerosa ramera debía estar en su habitación esperándolo, como lo hacia siempre que la señora Sofía salía, y esta vez para no volver.
Se dirigió rápidamente a su habitación, subió las escaleras, no le importo que el fino mármol de los escalones se manchara con la sangre de sus sirvientas, podría contratar nuevas remeras para que limpiaran la sangre de las anteriores.
Abrió la puerta de par en par, allí estaba como siempre Camila, esperándolo, semidesnuda.
-Señor, ha venido, apresúrese que la señora Sofía no tardara mucho en regresar-
-No Camila, la señora Sofía no volverá, y todo por culpa de esos asquerosos plebeyos-
-No entiendo de que me habla señor-
-No te hagas la tonta Camila, estoy hablando de las otras sirvientas de esta casa, por su culpa la señora Sofía me ha abandonado-
-Señor, no conozco a la tal señora Sofía-
-Como que no la conoces, nosotros, tú, tú siempre me satisfacías cuando la señora Sofía salía de compras-
-Señor aquí estamos solo nosotros dos, y así siempre lo hemos estado-
-Mentira, estas mintiendo, maldita ramera, eres como todos los plebeyos-
Con una furia incontenible se abalanzó sobre Camila, arrebatándole su último aliento.
Ahora si, ya había consumado su venganza, pero no, no es feliz aún, hay algo más, si, algo más, hay algo en el fondo de su conciencia, un sentimiento que desborda ahora por sus ojos, ya nada más se puede ver de esa habitación, solo se lo ve a el abrazando al cuerpo inerte de su amante.
Su amante que lentamente se desvanece, ahora esta solo, solo yaciendo en suelo rodeado de trozos de vidrio, vidrio del gran espejo de su lujoso armario de roble, las esquirlas de vidrio cubren todo su cuerpo, sus ropas están bañadas en sangre, sangre de noble.
En su mesa de noche una pequeña carta en un sobre rojo, como la sangra que corre por el piso de madera de la habitación, la nota escrita a mano por una mujer, solo dice:

“Querido he salido a comprar tu medicación, si tienes algún problema solo llama a algún sirviente, la puerta esta cerrada con llave por tu seguridad, volveré tarde


Siempre tuya -Sofía-”


Mis disculpas si está algo confuso, ya se que debería re-escribirlo, algún día me tomare el trabajo de hacerlo jajaja.
Bueno, espero verlos en la siguiente entrada.
Saludos!

martes, 6 de julio de 2010

Tren

Me gustaría comenzar este blog con uno de mis cuentos favoritos hasta el momento.
Espero que disfruten en leerlo tanto como yo disfrute al escribirlo.

Nunca había visto en una mirada vacía tanta cantidad de emociones, su rostro tan femenino, con la mirada perdida en la nada, meditando, realmente nunca había contemplado mirada como la de aquella chica. Su iris verde como un pequeño anillo rodeando sus pupilas tan dilatadas por la penumbra, apenas iluminada por la luz de los astros y de aquella luna en cuarto creciente. El frío del exterior empañaba los vidrios de aquel tren con destino a... bueno, ya lo había olvidado, siempre pensé que lo importante no era a donde llegase sino disfrutar el camino, siempre que escribía algo mis personajes caminaban sin rumbo, si no viajaba la vida me parecía; bueno, no me parecía que estuviese viviendo.

Allí estaba ella, sentada frente a mi por simple casualidad, con su mirada llena de los dolores del pasado, las preocupaciones del presente y los planes del futuro, mire sus rasgos, los cuales que aunque femeninos estaban curtidos por el sufrimiento. Todo ese pesar, todo el sufrimiento que se podía ver en su rostro, el calvario de sus pensamientos, el infierno de su alma, no hacía más que volverla increíblemente atractiva. Ella era uno de mis personajes en carne y hueso, una verdadera caminante, ella estaba realmente viva, su dolor se lo recordaba a cada momento. Me dirigió una mirada que se encontró con mis intensos ojos analíticos, vi mi reflejo en los suyos y me imagine artífice de sus males, me infundo el prohibido placer, el calor palpitante domino mi cuerpo, mis músculos se tensionaron, mis manos temblaron y mis pupilas se dilataron.

Y la pude ver, en sus tonos nocturnos, sus cabellos platinados que fluían de su cabeza y salpicaban en sus hombros en el camino hasta sus senos, remarcados por aquel buzo de lana tejido a mano, de un lila intenso, su blanco y delgado cuello cubierto por una sutil bufanda, su rostro perfecto, era la mejor forma de definirlo.

Me imagine provocando su llanto, arrancándole desesperados gritos de dolor y temeroso placer, yo era el dueño de su miedo y su disfrute, sí, yo podía crear, yo era el mismo Dios.

Desenfunde mi mano, estire mi maliciosa garra hasta su rostro de porcelana, deslicé lentamente mis dedos por sus suaves mejillas, su piel era tan tersa y sus casi imperceptibles bellos hacían deliciosas caricias en las yemas de mis dedos. Abrí mi boca y unas palabras viajaron hacia sus oídos.

Una pequeña sonrisa se dibujo en su rostro y los problemas pasaron a ser una ínfima sobra en su mirada, me quede maravillado con aquella simple y delicada curva, era increíble como un rasgo tan sencillo podía cambiar la totalidad de su rostro. Su helado rostro de porcelana emitía una calidez capaz de ablandar el corazón de la más brutal de las bestias.

Mire mis manos de Dios, yo había creado la tierna mirada de su rostro, su bella y enigmática sonrisa, un simple viajero sin rumbo, un simple hombre que se deleitaba con ver como el mundo se dibujaba con su caminar, un poderoso Dios había encontrado su motivo de ser, debía mantener con vida a su frágil creación, debía terminar con la sombra de sus ojos, el eterno caminante había encontrado la respuesta a una de sus más importantes preguntas:

¿Por que detenerse?


Bueno, eso es todo por ahora. Siéntanse libres de comentar, ya nos veremos en otras entradas.